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jueves, febrero 19, 2026

MEMORIAS DEL REY EMERITO JUAN CARLOS I

Estaba acabando la lectura de un libro interesantísimo (La Justicia amenazada), certera y apropiada reflexión a la actual coyuntura, del Magistrado y Ex Presidente de la Sala 2ª del Tribunal Supremo, Sr. Marchena, que recomiendo porque hace un análisis de las vicisitudes actuales del Poder Judicial, que está sufriendo despiadados ataques desde distintos ámbitos políticos y mediáticos, y que, como establece nuestra Constitución, es el garante del Estado de Derecho, también palpablemente amenazado, cuando acaban de publicarse en España la autobiografía del Rey Emérito Juan Carlos I, vísperas del día 6 de Diciembre (Dia de la Constitución Española).

La publicación de estas memorias (Juan Carlos I “Reconciliación”), vino precedida un mes antes por ríos de tinta, tertulias, opiniones, pareceres, etc, etc…, críticas la mayor parte de las cuales censurando a esta -imprescindible- figura de nuestra historia reciente, y otras mofándose del personaje.

Tal es así, que lo que había trascendido de su contenido (por quienes ni lo habían leído) se ceñía únicamente a puntuales aspectos, algunos de sesgo “político”, como fue su actuación golpe de estado del 23 F, y/o su flirteo con el franquismo, otros sobre sus cuitas “fiscales” o los relativos a sus affaires amorosos por parte de la “prensa rosa” o su relación con Leticia.

Comienza el libro con un consejo que le diera su padre Juan de Borbón: “los reyes no escriben sus memorias”, pero dado el cariz de los acontecimientos (abdicación, exilio voluntario, etc.), ha decidido romper esta tradición y exponer de propia mano y en primera persona su visión de los acontecimientos, lo que ahora señala “su relato”, para aclarar/explicar determinadas cosas desde su óptica.

Pues bien, acabo de comenzarlo, y a la vista del prólogo y de los primeros capítulos, debo destacar que lo que pretende su autor es trasladar a los ciudadanos españoles el lado humano de Juan Carlos. En este sentido y como humano -valga la redundancia- reconoce sin ambages sus errores (personales y tampoco tiene porqué dar más detalles ni explicaciones al respecto), así como su contribución y entrega a España y a la Corona, mostrando la cara oculta de lo que supuso para él y su familia el cargo de familia Real, muy lejos -a su parecer- de la imagen ideal que nos forjamos los ciudadanos.

Cuando lo finalice prometo hacer una síntesis y una valoración ponderada del mismo, pero como ciudadano español es mi deber -ex ante- escuchar, ver y leer de primera mano la interesante aportación de Juan Carlos sobre su contribución a la democracia que afortunadamente tenemos, y no solo por haber conocido y vivido el histórico momento de la ejemplar “transición”, como digo, sino también como Jurista, el emérito se ha ganado, en mi opinión, el “derecho constitucional” y “cívico” a que conozcamos su visión personal, -su versión- con más profundidad, y humanidad, por ser un protagonista absolutamente imprescindible en la historia reciente de España.

En este sentido, me parece dramático el sacrificio personal que está haciendo en su cuasi obligado exilio en Dubái a sus 82 años (lo que recalca de inicio y recalca con insistencia), y con veinte intervenciones quirúrgicas, propiciado para la defensa de su hijo y la Corona (el quiere y desea vivir en España), pero desde distintos ámbitos (separatistas y filomarxistas) hay orden de acoso y derribo no solo al Poder Judicial (Lowfare), como decía al principio, sino a la Constitución, a la integridad territorial, pero especialmente a la Corona.

En mi opinión, insisto y al margen de sus cuitas personales, la figura de Juan Carlos no merece este final, ni hay que esperar a que fallezca para que se le reconozca al mérito de su contribución a España, como le pasó a Suarez, cuando decía “los españoles me quieren pero no me votan (CDS)”, y lo que me parece cainita es la actitud de nuestro ex presidente Revilla (podrido de mediocridad y corrupción tapada judicialmente con su hipócrita pacto con Buruaga) publicitándose y promocionándose a costa de Juan Carlos I para luego mancillarle y seguir con minutos de gloria, o basura.

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