Por Marcelino Pérez
Durante años, la construcción de los espigones, en la playa de Magdalena, han estado rodeados de polémica. La idea original se remonta al gobierno socialista de hace veinte años. Cristina Narbona era la ministra de Medio Ambiente y decidió que para evitar la pérdida de arena de la playa era necesario construir dos escolleras que protegieran la playa de los temporales y las corrientes.
Cuando se inició la obra con el espigón este, el próximo al balneario de la Magdalena, y se vio el muro, el ayuntamiento de Santander estaba, como siempre, gobernado por el PP. Un grupo de personas se presentaron bajo la capa de diferentes asociaciones y colectivos, con un eslogan: Salvar la Magdalena. Argumentaban que ese espigón era una grave agresión al paisaje y transformaba geografía y el paisaje de la Bahía.
Como el proyecto venía del PSOE, se inventó que la responsabilidad de la obra era del Ayuntamiento para eludir la responsabilidad y mantener la protesta y se organizó la campaña contra la alcaldesa y contra el PP. Un grupo minoritario se manifestó algunos domingos para protestar por la construcción de las defensas. El objetivo era la alcaldesa, aunque el Ayuntamiento nada tenía que ver con esa obra.
El Diario Montañés realizó una encuesta sería, con garantía de que nadie pudiera votar dos veces, y resultó que una inmensa mayoría de los cántabros estaba a favor de una obra que había sido recomendada por el prestigioso Instituto de Hidráulica de la Universidad de Cantabria.
Finalmente hubo acuerdo entre todas las partes y se decidió volver al principio: Construir el segundo espigón, el situado junto a abandonado y ruinoso edificio conocido como el Polo Norte, en el oeste de la playa, junto a Los Peligros. De eso han pasado más de dos años y de esa obra nada se sabe. No se ha movido ni una piedra, ni siquiera un anuncio por parte del ministerio.
Tras protestas y manifestaciones resulta que, a la hora de la verdad, ni los ecologistas han reconocido su error, ni el ministerio inicia las obras y el ayuntamiento de Santander mantiene silencio.
Aquello tan importante, como el impacto en el paisaje, sigue en su sitio, pero los efectos beneficiosos sobre el arenal no se perciben… porque la obra esta inconclusa.
Un ejemplo de lo absurdo de determinadas protestas y de la dejadez del gobierno.
En El Sardinero ocurre algo similar. Al final del paseo, frente al hotel Chiqui, por cierto, en un abandono inusitado, hubo durante muchos años dos rompeolas en forma de cuña que frenaban los embates de la mar, en invierno, y protegían el arelan de la segunda playa.
Hace años el deterioro de esos rompeolas se vieron muy afectados y, en lugar de rehabilitarlos, el ministerio y Costas decidieron eliminarlos de cuajo. El resulto es la pérdida de are en el final de la segunda playa del sardinero, la llegada de las olas en los temporales hasta obligar el cierre del paseo de García Lago y una sensación de abandono.
Mientras se responsabiliza al Ayuntamiento que nada puede hacer, ya que las competencias son de Costas, del gobierno de España, que se mantiene sin rumbo en el no hacer nada.


















