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jueves, febrero 19, 2026

CANTABRIA NECESITA ENERGÍA PARA DESARROLAR SUS PROYECTOS

Sin suministro eléctrico nuestra región carece de futuro

Por Foramontanos Siglo XXI

España tiene un curioso problema energético, y Cantabria no es una excepción. No es que falte sol —vamos sobrados— ni viento —a veces hasta demasiado—. Tampoco es que no sepamos producir electricidad limpia. El problema surge cuando algo funciona de forma aburridamente bien, pero parece dejar de estar de moda, como ocurre con la energía nuclear, que pese a representar solo el 5 % de la potencia instalada produce alrededor del 20 % de toda la electricidad y garantiza estabilidad en la red en nuestro país. Es algo así como ese empleado silencioso que nunca da problemas y al que, aun así, alguien decide señalar como prescindible.

Presumimos —con razón— de nuestra potencia renovable. La solar fotovoltaica y la eólica son tecnologías magníficas: limpias, autóctonas y con un combustible que no hay que importar. El sol sale gratis y el viento también. Difícil competir con eso. El inconveniente, claro, es que ni el sol ni el viento entienden de horarios, demandas ni picos de consumo. Simplemente están o no están. No es culpa suya, faltaría más, pero conviene recordarlo cuando se diseñan sistemas eléctricos que deben funcionar 24 horas al día, 365 días al año, incluso cuando está nublado, no sopla una brisa y todos encendemos la calefacción. Y es en este momento cuando entra en escena la energía nuclear, esa tecnología incómoda que no emite CO₂, produce de forma constante, aporta estabilidad a la red y no depende de que el parte meteorológico sea favorable. Además, su combustible no está concentrado en un único país ni sujeto a sobresaltos geopolíticos frecuentes. Cumple exactamente todo lo que hoy se le pide a una fuente de generación… salvo caer simpática.

El argumento estrella para justificar su cierre suele ser el de los residuos. Tema serio, sin duda, pero también uno de los más repetidos sin matices. Los residuos nucleares se gestionan, tienen financiación garantizada y, sorpresa, no los paga el ciudadano. Las propias centrales aportan cientos de millones de euros al año a los fondos de desmantelamiento y gestión. El dinero ya está ahí. No hay facturas ocultas ni sustos futuros. Y lo verdaderamente llamativo es que algunas de las centrales que se planea cerrar funcionan a pleno rendimiento, con excelentes niveles de seguridad y reconocimientos internacionales. En Estados Unidos, reactores prácticamente idénticos han recibido licencias para operar hasta 80 años. Aquí, en cambio, parece que somos tan ricos que podemos permitirnos tirar a la basura activos que valen decenas de miles de millones de euros… solo porque sí. Sustituir ese 20 % de electricidad estable por otras tecnologías requeriría inversiones gigantescas, además de un despliegue masivo de almacenamiento que hoy, sencillamente, no existe. Mientras tanto, seguimos confiando en que todo encaje por arte de magia. O por decreto.

El debate energético, además, se plantea a menudo como una absurda pelea entre nucleares y renovables, como si fueran equipos rivales. Una dicotomía tan falsa como innecesaria. Lo sensato no es elegir entre unas u otras, sino combinarlas. Un mix equilibrado, con renovables, almacenamiento y generación estable, es mucho menos arriesgado que apostar todo a una sola carta. Tal vez la energía nuclear no sea popular y no quede bien en algunos discursos. Pero mientras siga funcionando, produciendo sin emisiones y sosteniendo el sistema eléctrico, quizá merezca algo más que una fecha de cierre y un silencio incómodo. Porque, a veces, lo más sensato no es lo más vistoso, sino lo que simplemente funciona.

Y este debate no es en absoluto teórico. Basta mirar al anunciado Centro de Datos de Altamira, en Cantabria: un proyecto presentado como estratégico, multimillonario y llamado a convertir la región en un gran hub tecnológico. 3.600 millones de euros de inversión, 500 MW de potencia prevista y un calendario que apunta a 2032. Todo muy ambicioso. El pequeño detalle es el de siempre: la electricidad. De ahí que no sea casualidad que el gobierno cántabro haya tenido que pedir formalmente un incremento del 60 % de su potencia eléctrica para que este proyecto no peligre. En sus alegaciones a la planificación de la red que elabora el Ministerio, la región reclama pasar de los actuales 1.340 megavatios a más de 2.200 MW. Una cifra que, por sí sola, revela hasta qué punto la infraestructura actual está al límite y lo poco realista que resulta pensar que grandes proyectos industriales pueden sostenerse sin una base energética firme. Un centro de datos de ese tamaño no puede vivir de promesas, ni de gráficos de potencia instalada, ni de buenos deseos climáticos. Necesita energía continua, estable y fiable, las 24 horas del día, todos los días del año. Justo eso que las renovables, por sí solas y sin un almacenamiento aún inexistente a gran escala, no pueden garantizar. Tal vez antes de cerrar centrales que ya producen electricidad firme y sin emisiones convendría preguntarse de dónde saldrá la energía que hará funcionar estos grandes proyectos. Porque sin una base sólida de generación estable ni la mejor planificación funciona.

Altamira aprovecha lo que otros lugares solo sueñan: clima fresco que permite refrigeración natural, reutilización del calor y cero dependencias del agua de los ríos. Mientras en Tarragona o Cataluña sudan refrigerando centros de datos con millones de litros de agua y fondos públicos, aquí nos basta con abrir las ventanas y dejar que el viento haga su magia. Y todo 100 % privado. Nadie pone ni un euro del contribuyente. Ni uno. El reto real es la energía estable: hasta 500 MW de demanda prevista, con subestaciones que deben aguantar el pulso de un proyecto gigantesco. Y es aquí donde la contradicción se vuelve evidente: mientras se anuncian proyectos estratégicos, multimillonarios y llamados a transformar la economía regional, el Gobierno de España mantiene una política de cierre de centrales que hoy producen electricidad firme y sin emisiones. Sustituir ese 20 % de generación estable no es inmediato ni barato, y confiar en que todo encaje por arte de magia —o por decreto— es una apuesta arriesgada.

Altamira no es solo un proyecto: es un símbolo de lo que nuestra región puede lograr cuando combina visión estratégica con las ventajas que ya posee. No es un capricho; es la oportunidad de demostrar que, incluso con desventajas históricas en transporte e infraestructuras, Cantabria puede brillar en el mundo digital global, y atraer inversión privada de talla internacional. Solo hace falta tener visión… y abrir bien los ojos al potencial que ya tenemos. Es imposible no sentir orgullo de lo que nuestra tierra puede lograr cuando se pone a ello.

*Firman este artículo los siguientes socios de Foramontanos Siglo XXI: Almudena Semur Correa; Enrique de Areba; Jesús Arístegui; Ramiro Bedia; Carmen Carrión; Daniel Casanova; Lucía Casanueva; Carlos Casanueva; Manuel Ángel Castañeda; Enrique Conde; Ana Correa; Alberto Cuartas; Francisco Díez Iglesias; Alberto Fernández de la Pradilla; Carlos Fernández-Lerga; Tomás Ramón Fernández; Fernando García; José García-Morales; Eduardo González-Mesones; Julio R Hardisson; Ignacio Herrán; Mercedes Ortega; Juán Manuel Pérez de Guzmán; Ramón Pérez-Maura; Gervasio Portilla; Javier Puente; Rafael Puyol; Julio Rama; Pedro Rivero; Carlos J Rodríguez; Eduardo Rodríguez Rovira; Ignacio Rosales; Carmen Sáiz Ipiña; José Antonio Suárez; Patricia de la Vega; Juán Ramón de la Vega; Marisol Ugarte; Eduardo Zúñiga;

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