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miércoles, septiembre 28, 2022

SE ACABÓ LA FARSA DE LA MASCARILLA

Fernando del Pino Calvo Sotelo, en un brillante trabajo razona y desde su libertad documentada opina sobre el uso de las mascarillas.

Por su interés reproducimos el artículo

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

22 de abril de 2022

La farsa de las mascarillas ha tocado a su fin tras dos largos años de obligatoriedad en interiores – uno con la grotesca obligación en exteriores – sin que ello impidiera que se sucediera ola tras ola de contagio y contrajeran el covid doce millones de españoles, cifra oficial inferior en orden de magnitud a la real. La aceptación por parte de las autoridades de mascarillas de tela elegidas por su estampado y no por su eficacia era un indicio de que estábamos ante un paripé. 

Así, tras dos años con el virus haciendo lo que le ha dado la gana, la inutilidad de las mascarillas debiera parecer evidente a todos, pero es necesario denunciarlo, pues si bien no han impedido la propagación del virus sí han reforzado la neurosis de una parte de la población, que se siente desprotegida sin ellas.

La política de apariencias pronto contaminó las directrices sanitarias. Cuando las CCAA impusieron las mascarillas en 2020 (exteriores incluidos) ni un solo medio criticó la medida, pues afectaba a todos los partidos. Sin embargo, cuando el gobierno central reimpuso brevemente la absurda obligación en exteriores los medios de la oposición no dudaron en criticarlo sin rubor.

En realidad, si algo puede criticarse del final de las mascarillas son sus arbitrarias excepciones, que obligan a una parte de la población a continuar con la farsa. ¿Tan difícil es defender que quien quiera llevar mascarilla la lleve y que quien no quiera no lo haga?

España ha tardado en eliminar la mascarilla mucho más que otros países europeos como Reino Unido, que la eliminó hace tres meses. Sin embargo, estados norteamericanos como Texas la eliminaron por completo (sin excepciones) hace un año y su evolución epidemiológica posterior ha sido indistinguible de la de otros estados.

El caso de Suecia es también elocuente. A pesar de no sufrir durante la mayor parte de la epidemia ni confinamientos, ni toques de queda, ni limitación de comensales, ni obligatoriedad de mascarillas, es decir, sin arruinar vidas y negocios ni dejar a la población mentalmente tocada, ha tenido menos muertos por millón que España, Portugal, Francia, Reino Unido o Italia[1].

La región de Estocolmo ha tenido la mitad de muertos por millón de habitantes[2] que la Comunidad de Madrid. ¿No deberían estos datos invitar a la reflexión? Tanto sacrificio, tanta imposición, tanta norma absurda, tanta tiranía, tanta histeria, ¿para qué?

Las mascarillas no han funcionado

La evidencia científica, inicialmente débil y contradictoria, era no obstante escéptica respecto a la eficacia real de las mascarillas. En marzo del 2020 el Journal of the American Medical Association publicaba que “no hay pruebas que sugieran que las mascarillas utilizadas por personas sanas sean eficaces[3], y una robusta revisión Cochrane concluía que “en comparación con no utilizarla, el uso de una mascarilla supone poca o ninguna diferencia en el contagio de una enfermedad similar a la gripe[4]”. Ahora disponemos de datos del mundo real.

El primer ensayo controlado aleatorizado (nivel 1 de fiabilidad científica) sobre la eficacia real de las mascarillas quirúrgicas frente al covid, realizado en Dinamarca, concluyó que su protección era estadísticamente insignificante[5].

Por otro lado, en EEUU no ha habido diferencia alguna en el nivel de contagios entre los estados que han obligado a utilizar mascarillas (línea negra) y aquellos que han respetado la libertad de sus ciudadanos (línea naranja)[6]:

La obligación de portar mascarillas ha sido particularmente inhumana en los niños, para quienes el covid es menos peligroso que la gripe[7]. Daba igual que las propias autoridades sanitarias europeas reiteraran que “la transmisión de niño a niño en las escuelas es infrecuente[8], o que en Suecia, con los colegios operando con completa normalidad, no hubiera “ni una sola muerte en una población escolar de casi dos millones de niños[9] ni un riesgo relativo superior de los maestros respecto al resto de la población[10]”.

Las mascarillas no sólo han dañado la salud física y psicológica de los niños, sino que no han servido para nada. Un reciente estudio realizado en Cataluña con 600.000 niños ha confirmado que las mascarillas obligatorias en las escuelas “no se han asociado con una menor incidencia o transmisión del SARS-CoV-2, lo que sugiere que esta intervención no ha sido eficaz[11]”.

Estos datos deberían avergonzar a nuestros responsables políticos, que han tenido asfixiada durante dos cursos académicos a la población escolar sin importarles lo más mínimo su bienestar físico o psicológico, situación extrapolable a universidades que no han dudado en imponer un régimen de terror histérico propio de la peor distopía y que ahora intentan, de forma posiblemente ilegal, presionar y amedrentar a sus alumnos para que las sigan llevando.

Las causas reales de la imposición de mascarillas

Más allá del mimetismo que guía a la clase política cuando no sabe qué hacer, la imposición de las mascarillas tiene distintas causas, ninguna científica. En Reino Unido cincuenta psicólogos denunciaron la intencionalidad de las tácticas de terror utilizadas para lograr que la población aceptara restricciones inimaginables a sus libertades[12].

Entre ellas estaba la imposición de mascarillas, “un potente símbolo de peligro” que mantenía a la población en constante estado de miedo. Las mascarillas también han sido la herramienta idónea para trasladar al ciudadano la responsabilidad de la epidemia (inicialmente centrada, como recordarán, en la ineptitud de las autoridades) de modo que si el virus seguía circulando era por culpa de quienes no cumplían las normas.

Asimismo, las mascarillas han cumplido la función de crear en el ciudadano una ilusión de control (“está en mi mano hacer algo”) haciéndole creer ingenuamente que el cumplimiento de las normas le garantizaba la salud, a pesar de la evidencia.

No ofrecían seguridad, sino sensación de seguridad. De ahí que, tras dos años de angustia, algunas personas contemplen hoy con pánico la posibilidad de quitársela, lo que demuestra que lo que necesitan no son mascarillas, sino ayuda psicológica. En efecto, la incalificable campaña de terror mediático ha provocado en parte de la población patologías mentales que no remitirán fácilmente.

Volver a vivir sin miedo

“El antídoto del miedo es el conocimiento”, escribió el filósofo Ralph Waldo Emerson. En efecto, la campaña de terror mediática se basó desde un comienzo en la repetición de falacias que no estaban respaldadas por los datos ni por la ciencia y que estaban destinadas a mantener a la población perdida en una niebla de ignorancia y paralizada por el pánico.

Naturalmente, esta campaña de terror defendía intereses del contubernio político-mediático-farmacéutico: los políticos podían imponer más fácilmente su tiranía sobre una población aterrorizada, los medios vendían su sensacionalismo y las grandes farmacéuticas colocaban sus vacunas y terapias genéticas a toda la población y no sólo a aquellos para los que el covid podía revestir gravedad.

En efecto, la primera falacia fue hacer creer que el covid era una enfermedad peligrosísima para todos. Sin embargo, prácticamente desde el inicio de la epidemia se sabía que el covid sólo era potencialmente grave para una minoría de la población determinada por edad y comorbilidades mientras para el resto era estadísticamente leve.

Incluso con las primeras variantes, más graves que las actuales, la tasa de supervivencia era muy alta: más del 96% de mayores de 70 años, más del 99,7% de los de 50-70 años y más del 99,99% de los menores de 50 sobrevivía al covid[13].

Y si usted era sano y no sufría diabetes, cardiopatías, obesidad o hipertensión, el riesgo de morir por covid se reducía tanto que se convertía en una probabilidad insignificante para una inmensa mayoría de la población[14]. Estos eran los datos reales, ocultados por el contubernio político-mediático-farmacéutico.

Asimismo, con el claro objeto de vender más vacunas, por primera vez en la historia se ninguneó la inmunidad natural de forma escandalosa a pesar de que se sabía que quienes habían pasado el covid, incluso de forma leve, poseían una inmunización natural a muy largo plazo y en todos los niveles de defensa: mucosas (IgA), humoral, celular, e incluso inmunidad esterilizante[15].

La inmunidad natural era muy superior a la producida por las vacunas[16], de modo que, en caso de volver a tener contacto con el virus, o bien no se presentarían síntomas o se presentarían leves.

El más reciente estudio sobre inmunización natural corrobora estos datos, pues concluye que la tasa de reinfección en quienes pasaron el covid con las variantes alfa y delta fue sólo del 0,73% para adultos y del 0,21% para niños[17].

Con ómicron la tasa de reinfección de quienes habían pasado la enfermedad con variantes previas ha sido claramente más elevada, pero con síntomas leves, “como un catarro”. Si un catarro antes no nos preocupaba, ¿por qué habría de hacerlo ahora? Si usted ha pasado el covid, olvídese del covid.

La prudencia y el sentido común no están reñidos con la evidencia de que las mascarillas no sólo no funcionan, como es patente, sino que cronifican patológicamente el miedo y la obsesión y nos impiden vivir la vida. El covid es ya una enfermedad endémica que no podemos erradicar, pero el miedo es otra enfermedad endémica, y ésta sí podemos erradicarla.

La mascarilla como símbolo de sumisión

La imposición de mascarillas ha tenido un significado más profundo, pues ha supuesto un paso más en el proceso de sumisión del ciudadano al poder político. El fascismo sanitario que hemos sufrido (cuyo mayor exponente en España ha sido el gobierno de Galicia) es un aviso del nuevo totalitarismo hacia el que nos dirigen, plagado de prohibiciones basadas en mentiras y en el que no existe libertad, sino uniformidad mediática y censura “por nuestro bien”.

Esta sumisión ha sido especialmente humillante cuando la población aceptaba normas contrarias a la lógica, como llevar mascarillas por la playa, el campo o una calle solitaria. También ha demostrado que el poder no necesita de una omnipresente presencia policial: como con la Stasi, colaboracionistas que no van uniformados han sido los encargados de vigilar y amonestar a quienes osaban resistirse.

La respuesta de las autoridades a la epidemia ha sido un alucinante experimento totalitario de restricción de derechos y libertades basado en tres imposiciones: confinamientos, mascarillas y vacunas. Contrariamente a lo defendido por el contubernio político-mediático-farmacéutico, ninguna de las tres medidas ha resultado particularmente eficaz.

Todas, sin embargo, han provocado consecuencias no deseadas. ¿Hemos aprendido algo? Me temo que muchos ciudadanos, atrapados entre el miedo, la ignorancia, el borreguismo y la obediencia ciega, no, pero los yonquis del poder sí lo han hecho: han aprendido que si logran asustarnos lo suficiente seremos capaces de aceptar cualquier yugo, incluso sacrificar la salud de nuestros hijos y aceptar mansamente que nuestros mayores mueran solos.

Por ello, si llega el nuevo totalitarismo ya no podremos culpar a los tiranos, sino a la sociedad enferma, sumisa y medrosa que hemos creado y que los recibirá como salvadores, con los brazos abiertos.

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